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Martes, 22 03 2016
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Preguntas

Preguntas a la oposición

Las críticas al gobierno y al Frente Amplio (FA) por parte de la oposición se han incrementado notoriamente. Sin embargo tal intensidad electoral contrasta con la escasez de iniciativas que la ha caracterizado.

Una oposición que confronta pero no propone

Predomina entre los opositores una concepción hipercrítica y sin contrapartidas propositivas. Los discursos e intervenciones públicas de los dirigentes blancos y colorados, y también de otras organizaciones, no logran trascender la crítica, el rechazo, el intento de denuncia, y hasta el agravio. Todo gira en torno a lo que el gobierno hace o deja de hacer, a lo que sucede o deja de suceder en el Frente Amplio.

O sea, no se ha construido un cuerpo de ideas mediante las cuales sustituir lo que sistemáticamente se critica. Porque “derrotar al Frente” no constituye un programa; es solo un lejano objetivo político electoral, que no puede dar respuesta a lo más importante: qué se piensa hacer desde el gobierno; e, incluso, qué se va a hacer ahora, en los próximos tiempos, ante las demandas ciudadanas y los retos que tiene Uruguay en esta difícil coyuntura internacional.

Podría ilustrarse lo dicho con algunos pocos ejemplos. La oposición en general se manifiesta en contra del Impuesto a la Renta de las Personas Físicas (IRPF), pero no ha hablado de las características que debería tener un sistema impositivo distinto, sin IRPF y “con menos impuestos”.

Por lo tanto, cabría deducir que se volvería -si técnica y políticamente fuera posible- al viejo sistema, con un impuesto a los sueldos como el que grababa con iguales porcentajes a todas las franjas de ingresos.

De ser así se debería demostrar cómo hacer para no restablecer muchos de los impuestos suprimidos en 2007 y no agregar otros que, de acuerdo a los criterios esbozados en las críticas al sistema vigente, no aplicarían tasas progresionales ni contemplarían criterios de equidad y de estímulos a la producción, la inversión, el crédito y la inclusión financiera.

¿Qué orientación tendría una política económica distinta a la que se ha aplicado desde 2005? ¿Qué seguridades y garantías se le daría al país en una época de volatilidades, desequilibrios, inequidades e incertidumbres a nivel global?

¿Qué harían los opositores de hoy con las relaciones laborales y la seguridad social, como los Consejos de Salarios, que se habían abandonado en el gobierno de Luis Alberto Lacalle y que con el FA se restablecieron y modificaron? ¿Se volverían a subordinar las políticas sociales a los vaivenes de la economía?

¿Cómo manejaría la moneda un gobierno de los opositores? Por lo pronto, salvo excepciones, no han reconocido que los criterios del Ministerio de Economía y Finanzas y del Banco Central le han evitado al país crisis como las que Uruguay vivió hace no mucho, o largos periodos de recesión como los que padecen países vecinos.

La salud tiene indudables retrasos, pero por primera vez en la historia la cobertura alcanza a la totalidad de la población. ¿Se volvería atrás, a una cobertura restringida y a una asistencia tan deficiente como la de antaño? ¿Por qué proyecto sería sustituido el Sistema Nacional Integrado de Salud? ¿O cómo se lo mejoraría?

Otro tanto cabría preguntar sobre diversos proyectos que se han iniciado durante los gobiernos del FA, como el Plan Ceibal, las medidas contra el tabaquismo, el Hospital de Ojos, los planes de salud bucal, entre múltiples iniciativas destinadas a atender situaciones específicas.

¿Se continuaría con el Plan de Cuidados? ¿Y con la transformación de la matriz energética? ¿Y con la política de regionalismo abierto en procura de ampliar los mercados y las inversiones, orientación que ha permitido dejar atrás los magros porcentajes históricos de inversión?

¿Y con la política de turismo, que tanto ha avanzado? ¿Y con la de aduanas? ¿Qué criterios de transformación de la infraestructura física del país se han esbozado desde la oposición?

La lista de interrogantes podría abarcar varias páginas. Es que en la última década se han iniciado en el país reformas estructurales de una envergadura y alcance estratégicos como no se hacían desde hace muchísimas décadas.

Los opositores no han dicho qué harán con esas transformaciones, que están incidiendo fuertemente en la vida de los uruguayos. Por ejemplo, para mencionar solo algunos resultados de fuerte impacto social, se pasó de una pobreza de alrededor del 40% en 2002 a cerca de 10% actualmente, y de una indigencia de 5% a una menor a 1% en dicho lapso.

Recientemente se relevaron datos sobre “pobreza multidimensional”, que considera diversos componentes del bienestar (ingresos, salud, educación, seguridad social, vivienda): en un país de algo más de tres millones de habitantes, 570.000 personas pudieron salir de esa situación entre 2006 y 2015.

Por supuesto que el Uruguay tiene desafíos e importantes problemas sin resolver. Persisten preocupantes retrasos en la educación -lo que no significa desconocer avances en algunos aspectos-, y en sectores del Estado se mantienen problemas de gestión e ineficiencias varias.

Pero para contribuir a avanzar en estos y otros campos, no se debería insistir con la crítica sin propuestas.

Esta actitud es la que especialmente ha tenido la oposición en un área particularmente sensible, como la seguridad. Es fácil, ante el asesinato de una persona, acusar al gobierno de “no hacer nada”.

Pero no se deberían tomar hechos tan dolorosos para hacer demagogia electoral. Se concretaron algunos acuerdos multipartidarios en seguridad y convivencia ciudadana, que constituyen avances, pero no toda la oposición se ha involucrado en ellos.

Y además, ¿no contribuiría valorar el arduo trabajo de desmontaje de las camarillas que otrora estaban enquistadas en el aparato policial? ¿O el incremento del personal y sus retribuciones, o la tecnificación del instituto?

Será difícil esperar contribuciones de la oposición si, junto con las carencias que todos reconocemos, no se valoran también las iniciativas que están permitiendo revertir algunos procesos socialmente muy difíciles, como los vinculados a la droga o al crimen organizado, en especial aquél que tiene raíces y dimensiones internacionales.

Para plantearle a la ciudadanía una plataforma alternativa capaz de entusiasmar y aportar, la oposición debería cambiar su concepción confrontativa, caracterizada por la endeblez propositiva y ganada por el facilismo, cuando no por la demagogia.

Con una mayor preocupación por el diálogo constructivo, incluso apuntando a políticas de Estado que trasciendan a los partidos, ganarían todos los uruguayos.